El Torrecilla
En esta jornada tocaba el pico Torrecilla (1919 m. ) techo de la provincia de Málaga, junto a la Maroma. El gran coloso es una atalaya natural desde donde en dias claros es posible divisar Gibraltar, Tarifa e incluso las montañas del atlas africano..Ascenderlo es más que una ruta: es un viaje a través de ecosistemas superpuestos, donde los quejigos centenarios dan paso a bosques de pinsapos, y estos, a un paisaje de alta montaña, donde el viento y la nieve aún marcan el ritmo del tiempo.
Existen multiples rutas para ascender al Torrecilla, en esta ocasión la elegida fue la que nos lleva por la cañada del cuerno, propuesta por nuestro mas carismático guía del club: Tomás Gómez. Tradicionalmente, siempre ascendíamos en diciembre, cuando los pinos se veían frágiles y los arroyos apenas susurraban. Pero este mayo, la sierra se vistió de gala: los pinsapos centenarios se alzaban verdes y robustos, las hojas jóvenes brillaban al sol, y cada rincón del camino parecía despertar.
Comenzamos desde el área recreativa de Los Quejigales, como siempre, pero esta vez, al adentrarnos por la cañada del Cuerno, la ruta se transformó. A cada paso, los pinsapos nos abrazaban con su aroma a resina, y los pájaros entonaban una sinfonía nueva. En el tramo llano, pudimos oír el rumor del viento entre las ramas, y al avanzar, el cielo despejado nos regaló un panorama infinito.
Al llegar al puerto de los Pilones hicimos un breve descanso para reagruparnos y continuar la marcha hasta los Hoyos de los Pilones, también conocidos como Pozos de la Nieve.
Este conjunto de dolinas alineadas, separadas por umbrales calcáreos, ocupa lo que fue un antiguo valle en forma de U, modelado por la erosión glaciar y fluvial.. Este paisaje es un ejemplo excepcional de karstificación activa, En invierno, cuando la nieve cubre estas depresiones, es fácil comprender por qué se conocían como pozos de la nieve, recursos vitales para las comunidades serranas del pasado, que dependían de ellos para conservar hielo y mantener alimentos frescos. Aquí hicimos un alto en el camino para comer algo y recuperar fuerzas.
Recuperadas las fuerzas y los animos seguimos camino en dirección hacia la fuente del Pilar. A 1.700 metros de altitud brota esta fuente, considerada la más alta de la provincia. Posiblemente de origen romano, sus aguas abastecieron durante siglos a pastores y ganados, convirtiéndose en un punto vital en el paisaje de alta montaña. Muy cerca se encuentra la Virgen de la Victoria, cuya presencia añade un matiz espiritual al entorno, recordando que estos paisajes no solo sostienen la vida física, sino también la memoria y la fe de quienes habitan la sierra.
Un breve descanso para reagruparnos y prepararnos para el tramo final. Al llegar a la cima, fue como si el mundo se detuviera. Desde los 1.919 metros, vimos el mar brillar en la distancia, la Sierra Bermeja se extendía majestuosa, y Pico La Concha se recortaba en Marbella. La Sierra de la Palmitera, con sus pliegues suaves, era un contraste perfecto. Al alcanzar la cumbre todo el esfuerzo cobra sentido. El viento fresco acaricia los rostros y el horizonte se abre en un espectáculo inmenso.A nuestros pies se extiende la inmensidad de la Sierra de las Nieves, con sus profundos valles, crestas y bosques de pinsapos que parecen un mar verde detenido en el tiempo.
Durante unos minutos nadie tiene prisa. Las conversaciones se apagan y cada senderista contempla el paisaje a su manera. Hay sonrisas, abrazos, fotografías y esa sensación difícil de explicar que solo conocen quienes alcanzan una cumbre con el esfuerzo de sus propias piernas: la de sentirse pequeño ante la grandeza de la naturaleza y, al mismo tiempo, inmensamente afortunado por estar allí.
El Torrecilla nos regala una de esas panorámicas que permanecen en la memoria mucho después de emprender el camino de regreso, un instante de plenitud que hace que cada paso de la subida haya merecido la pena.
La vuelta la realizamos por el mismo sendero, pues la ruta es lineal, aunque el paisaje parece distinto cuando se contempla con la satisfacción de haber alcanzado la cumbre. El descenso transcurre entre conversaciones animadas, comentarios sobre las vistas y las inevitables fotografías compartidas. Poco a poco regresamos hasta el antiguo refugio de los pastores, un lugar sencillo y cargado de historia, donde tantas generaciones de serranos encontraron cobijo frente al frío y las inclemencias de la montaña. Allí hacemos una breve parada para descansar, beber agua y echar una última mirada hacia el Torrecilla, cuya cumbre, ahora lejana, parece recordarnos el esfuerzo realizado.
Desde el refugio continuamos el descenso, mientras la tarde va envolviendo la sierra con una luz más cálida y dorada. El cansancio se hace notar en las piernas, pero también aparece esa agradable sensación de misión cumplida. Cada paso nos acerca al final de la jornada, llevándonos de vuelta con la mochila cargada de recuerdos, de paisajes inolvidables y de esa alegría serena que solo regalan los días vividos en la montaña.
Cronista: Cornelius Drusus.








