Todo comenzó cuando Ana, a principios de abril, envió al grupo de Grume la información e invitación para subir a 7 lagunas del 4 al 6 de julio. A algunos ese nombre nos sonaba de haber subido al Mulhacén o a Sierra Nevada, entonces nos pusimos a mirar de qué se trataba y confirmamos que era una ruta y un destino con paisajes dignos de ver. Unos cuantos nos entusiasmamos y unimos a la invitación, tantos que Ana debió pensar en cómo haría para tener permiso para subir más personas de la cantidad de permitida por las autoridades.
Fueron pasando las semanas, unos se unían, otros se salían del grupo, hasta que se acercó la fecha y la ansiedad por iniciar la ruta iba subiendo. Había que preparar muchas cosas principalmente porque dormiríamos en la montaña y, aunque nos ayudaría un Arriero a subirlas, hasta último momento muchos no sabíamos cómo organizarlo todo.
Llegó el viernes 4 y en varios coches partimos finalmente 22 personas a Trevélez. Llegamos al pueblo, nos fuimos encontrando y acomodando en el alojamiento, con la alegría característica de cuando nos vemos en el punto de encuentro de cada ruta, pero esta vez más contentos y expectantes porque se trataba de un lugar diferente, a mayor altura, con una subida exigente y de estar allí el fin de semana completo.
Ana, con su disponibilidad y entusiasmo característico, nos llevó a conocer el pueblo, explicándonos que se componía de tres barrios, alto, medio y bajo, que habían sido fundados por 3 hermanos. Descubrimos un lugar encantador, donde sus habitantes hacían homenaje a su Jamón y demás productos locales, con esquinas decoradas con colores y figuras de animales que lo volvían más bonito, ya que no dejaba de serlo sin ese decorado, porque es el pueblo más alto de la península y solo sus vistas y paisajes lo hacen hermoso.
El sábado iniciamos la ruta a las 8:30 desde Trevélez, situado a 1.600 metros de altitud, hacia 7 lagunas, que se halla a 2.900. Por esos 1.300 metros de diferencia íbamos casi en constante subida y sintiendo el cambio de aire, con menos oxígeno a medida que ascendíamos. Pero Ana, Maritrini y Salva, que eran nuestros guías oficiales, tenían previstos los descansos correspondientes para aclimatarnos, además de que iban pendientes de cada uno para ayudarnos por si nos venía el “Mal de altura”. Cabe decir que también iban otros compañeros que tienen la formación de guía, como Mateo, que asumieron dicho rol, mostrándose atentos a cualquier traspié o inconveniente que tuviéramos los demás.
Con dificultad (para algunos más y para otros menos), molestias (las típicas por nuestras lesiones o partes débiles de nuestro cuerpo) y cansancio, llegamos todos triunfantes a 7 lagunas. Primero avistamos la primera laguna, lo que nos hizo olvidar nuestras dolencias y agotamiento, hasta que por fin nos paramos porque ya estábamos en el sitio donde montaríamos el campamento, admiramos las vistas, los neveros en las partes más altas, identificamos cumbres conocidas como el Mulhacén, a la izquierda, y de frente, su mujer, la Alcazaba, además de otras formaciones montañosas que tenían neveros todavía en esta época del año.
Eran alrededor de las 2 de la tarde, estábamos exhaustos y debíamos esperar unas pocas horas más a que llegara nuestro nuevo amigo, El Arriero Antonio, así que nos echamos a descansar, las nubes nos ayudaron a no sentir tanto calor ni quemarnos con el sol que estaba en todo lo alto.
Después llegó Antonio con sus caballos y Ana propuso subir a La Alcazaba, estaba contemplado desde el principio como una opción esa tarde si nos acompañaba el tiempo, así que se concretó y 17 personas subimos a esa cumbre que estaba a 3.365 metros de altitud, lo que significaba seguir exigiendo nuestras piernas y pulmones, pero con esfuerzo, bastante para algunos, lo conseguimos todos y alcanzamos otro hito ese fin de semana.
Conseguimos montar las tiendas y prepararnos para dormir, aunque quedaba cenar y tener una velada, que ya era especial por el lugar, la compañía y lo emocionados que estábamos todos, pero lo fue aún más porque uno de nuestros compañeros estaba de cumpleaños al día siguiente, aliciente para celebrar y brindar por Francisco Caldas, ¡Felicidades Quico! y gracias por querer pasar tu cumple con nosotros, por darnos un motivo más para juntarnos ese atardecer y brindar por ti, con la Queimada que con esmero preparaste. También gracias a los demás que compartieron sus bebidas espirituosas.
Luego nos dormimos y al día siguiente nos percatamos que, a varios, la falta de oxígeno, el dolor de cabeza, los ruidos propios del campo y dormir casi a la intemperie, hizo que descansaran poco o nada y que la vuelta a Trevélez fuera más que deseada, además que allí nos esperaba una comida como Dios manda, en un restaurante que Ana había reservado.
Por fin llegamos, la comida estaba deliciosa, variada y muy bien preparada, además la atención fue excelente, especialmente cuando pedimos que el postre de Quico viniera con una velita para cantar el Cumpleaños Feliz.
Crónica hecha con cariño para mis compañeros de esta bella ruta,
Claudia G.





















