Convivencia en la Sierra de la Utrera
6-7 de junio de 2026
Dentro del programa de actividades conmemorativas del 40 aniversario de GRUME (1986-2026), durante el fin de semana ( 6-7 junio )celebramos unas magníficas jornadas de convivencia en el incomparable entorno de la Sierra de la Utrera, concretamente en el paraje conocido como El Olivo, dentro del término municipal de Casares.
La Sierra de la Utrera ocupa un lugar muy especial en la historia del GRUME. Es un paraje cargado de recuerdos y significado para la mayoría de los miembros del club, ya que fue aquí donde muchos de nosotros dimos nuestros primeros pasos en la escalada.
. Eran tiempos diferentes, sin teléfonos móviles, sin redes sociales y con muchas menos comodidades de las que hoy disfrutamos. Pero había algo que sobraba entre aquel grupo de jóvenes: ilusión, ganas de aventura y amor por la naturaleza.
. Cualquier monte cercano se convertía en una expedición y cualquier pared rocosa en un desafío. Les apasionaba caminar por senderos desconocidos, escalar donde otros solo veían piedra y pasar las noches bajo las estrellas, alrededor de una pequeña hoguera o refugiados en modestas tiendas de campaña.
No tenían grandes medios. Muchos ni siquiera disponían de coche. Para llegar al inicio de una ruta tomaban un autobús o conseguían que alguien los acercara hasta una carretera cercana. Desde allí comenzaba la verdadera aventura: caminar kilómetros hasta alcanzar el lugar deseado. Lo hacían cargados con mochilas que hoy parecerían enormes, llevando todo lo necesario para pasar un fin de semana en la montaña.
La actividad comenzó el sábado con la llegada de los participantes a la zona de El Olivo, donde descargamos el material que más tarde utilizaríamos para montar el campamento. Sin perder tiempo, iniciamos un recorrido por algunos de los rincones más emblemáticos de la Sierra de la Utrera.
Pero, como suele ocurrir en GRUME, seguir el camino fácil nunca ha sido una opción. Las ganas de aventura de varios compañeros hicieron que la ruta derivara hacia itinerarios mucho más técnicos, buscando pasos estrechos, zonas de arrastre, trepadas y alguna que otra afilada arista que puso a prueba el equilibrio y la destreza de todos. No faltaron los momentos de incertidumbre, las indicaciones cruzadas y alguna expresión de «¿por dónde nos has metido?», aunque todo quedó rápidamente convertido en risas y anécdotas que ya forman parte de la historia del fin de semana.
Al caer la tarde fueron llegando las compañeras escaladoras, cargadas con cuerdas, arneses, cascos, pies de gato y todo el material necesario para disfrutar de su deporte favorito.
Apenas dejaron el equipo en el campamento, se dirigieron a las paredes de la Sierra de la Utrera para aprovechar las últimas horas de luz y practicar la escalada.
Mientras unas encadenaban vías y otras aseguraban desde el suelo, el resto de los compañeros contemplaba las maniobras con admiración, parecían una cordada de estrellas, cada una brillaba por si misma pero juntas iluminaban la montaña, disfrutando del ambiente que se respiraba entre las rocas. La combinación de senderismo, escalada y convivencia reflejaba a la perfección el espíritu de GRUME: compartir la pasión por la montaña en cualquiera de sus disciplinas, siempre con compañerismo, respeto y muchas ganas de disfrutar de la naturaleza.
Tras la sesión de escalada, regresamos al campamento para terminar de montar las tiendas y dejar todo preparado para pasar la noche. Con el campamento ya organizado, llegó el momento de relajarnos con un agradable taller de yoga dirigido por nuestra compañera Petra. Entre estiramientos, respiración y alguna que otra sonrisa, disfrutamos de una actividad que nos permitió recuperar fuerzas después de una intensa jornada de montaña.
Finalizado el taller, por fin nos sentamos alrededor de la mesa para compartir los numerosos platos que cada uno había preparado y traído para la ocasión.
La noche transcurrió entre charlas, recuerdos y el inconfundible ambiente de camaradería que surge cuando personas unidas por la misma pasión por la naturaleza se reúnen alrededor de una mesa. Fueron muchas las historias evocadas, desde las primeras actividades del grupo hasta las más recientes, recordando a tantos compañeros que han contribuido a construir la historia de GRUME durante estos cuarenta años.
El domingo amaneció con la tranquilidad que solo se respira después de una noche en plena naturaleza. Antes de comenzar la jornada, volvimos a reunirnos para disfrutar de un nuevo taller de taichí, dirigido por nuestra compañera Petra. Sus ejercicios, pausados y armoniosos, nos ayudaron a despertar el cuerpo, estirar la musculatura y comenzar el día con energía y serenidad.
Tras el desayuno, recogimos el campamento y emprendimos la marcha hacia el río Manilva. Allí nos esperaba una divertida actividad remontando el cauce del río, entre formaciones rocosas que hicieron las delicias del grupo. Como broche de la aventura, afrontamos la pequeña vía ferrata situada junto a la Charca de la Paloma, un recorrido corto pero muy entretenido que permitió poner a prueba el equilibrio y disfrutar de un punto extra de emoción en un entorno espectacular.
Para poner el mejor final posible al fin de semana, nos dirigimos a los emblemáticos Baños de la Hedionda. Sus famosas aguas sulfurosas, conocidas desde la época romana por sus propiedades mineromedicinales, fueron el lugar perfecto para relajarnos y aliviar el cansancio acumulado tras dos intensas jornadas de convivencia, senderismo y aventura.
Con el cuerpo renovado y la satisfacción de haber compartido un magnífico fin de semana entre amigos, emprendimos el camino de regreso. Una nueva actividad que quedará grabada en la memoria de todos los participantes y que vuelve a demostrar que el verdadero espíritu de GRUME no se encuentra únicamente en las montañas que recorremos, sino también en la amistad, el compañerismo y las experiencias que construimos juntos. Porque celebrar cuarenta años de historia no es solo recordar el pasado, sino seguir escribiéndolo paso a paso, ruta tras ruta.
Después del sendero
La montaña
no sabe cuántos años tienes.
Le da igual
si cumples veinte o sesenta,
si vienes con las rodillas nuevas
o con los hombros llenos de historias.
Solo pone la cuesta delante
y espera.
Dormimos en tiendas,
compartimos pan, vino, café,
las bromas de siempre,
el silencio de quien mira un amanecer
y entiende que no hace falta decir nada.
Al día siguiente
el río nos recordó
que el agua nunca pregunta
si estás preparado.
Resbalas, ríes, ayudas a alguien,
alguien te ayuda a ti.
Así funciona.
Luego llegan los Baños de la Hedionda,
el azufre, el cansancio que se disuelve,
y por un rato
parece que el cuerpo perdona
todos los excesos.
La felicidad no suele hacer ruido.
Tiene el tamaño de una mochila,
de unas botas embarradas,
de una cerveza al final del camino
y de esos amigos
que siguen apareciendo
aunque el calendario insista
en hacerse viejo.
Quizá eso sea vivir.
Volver a casa con las piernas cansadas,
la ropa oliendo a monte
y la absurda necesidad
de empezar a pensar
en la próxima ruta.


















