Iniciamos esta preciosa ruta 14 personas, expectantes por ver lo que queda de esa antigua localidad nazarí que luchó hace unos 500 años por mantener su cultura, ante las misiones evangelizadoras de la época. Luego de leer el documento que relata la historia de este lugar, que nos había enviado nuestro guía Tomás, sabíamos que pasaríamos por sitios donde hubo dolor, desarraigo y muerte sin justicia.
Comenzamos a las 08:00, casi viendo el amanecer, en un cielo con pocas nubes y por un sendero bien delimitado.
Al poco tiempo empezamos a ver importantes desprendimientos de tierra, propios de lluvias tormentosas de inviernos tal vez recientes, con pinos caídos que tuvimos que sortear o esquivar.
El camino se hizo llevadero la mayor parte del tiempo, presentándonos sombra y lugares en los que podíamos hacer nuestros habituales descansos sentados junto a un árbol, aunque algunos también comen en medio del camino.
En ocasiones la ruta nos desafió a mantenernos erguidos, por a la pendiente que tenía en algunas partes, en que pusimos a prueba nuestro equilibrio, ayudándonos con los bastones.
Cuando ya eran casi las 12:00 del mediodía, divisamos lo que queda de El Daidín, vimos el vestigio de una torre vigía que, como dijo la historiadora Catalina Urbaneja “Es un paredón que se sostiene erguido y soberbio como un guardián imperturbable”. Momento en que algunos comentaron la historia de este lugar, que tiene una parte muy triste, como siempre por la diferencia de ideales y creencias de personas con poder, lo que desencadena injusticia, abusos y muertes de quienes solo quieren vivir. Lo más triste es que en estos días, en otras partes del mundo, sigue ocurriendo lo mismo.
En ese lugar tan representativo, entre conversaciones de historia y un pequeño descanso, nos hicimos orgullosos la foto de grupo. También algunos fueron a ver lo que queda de una casa que, por ser restaurada en épocas posteriores, es poco lo que se aprecia en ella como estructura nazarí.
Luego seguimos la ruta por senderos más pequeños, algunos bien estrechos, con arbustos de espinas que nos arañaban, pero las zarzamoras al menos nos dieron a probar su fruto. En cambio, vimos también tremendos árboles, con raíces frondosas y troncos que abrazamos para llenarnos de su energía.
Después cruzamos uno de los brazos del río, al que nos fuimos acercando poco a poco hasta llegar a una parte en la que paramos a almorzar. Ese sí que fue un momento de relax, varios de nosotros comimos remojando nuestros pies en el rio, incluso algunos bañaron todo el cuerpo en una parte más profunda.
Luego seguimos nuestra ruta, volviendo por otros caminos, ya que era circular, alegrando nuestra vista con el verde de los cerros y el mar a lo lejos, en el horizonte.
Llegamos al punto de inicio cerca de las 17:30, como siempre con ganas de coger los coches e irnos a un bar a beber algo refrescante y dar por terminada una ruta más de esta temporada, organizada por nuestros guías, a quienes les tenemos aprecio y agradecimiento por llevarnos con paciencia cada sábado, esta vez especialmente a Mateo que estuvo pendiente de todo y de todos, nos guio perfectamente y además nos contó parte de la historia del Daidín.
Gracias a todos quienes asistieron, a Quico, quien fue esta vez el ayudante del guía, y a la Naturaleza, que nos permite en días como este, vivirla y disfrutarla.
Crónica hecha con cariño para mis compañeros de ruta,
Claudia G.

















