Lavaderos de la Reina

El fin de semana del 24 y 25 de mayo en Sierra Nevada, fue una experiencia realmente fantástica, llena de paisajes impresionantes.

El objetivo era realizar dos de sus rutas más emblemáticas, cada una con su propia belleza y encanto.

El sábado día 24, a la hora acordada, 8,30 en Güejar Sierra iniciamos la subida en coche y en 4*4 hasta el inicio de la ruta durante aproximadamente 30 minutos. La mañana era brillante, soleada, sin viento, ideal para cometer nuestro objetivo: «Los lavaderos de la reina», un rincón mágico, lleno de belleza natural y tranquilidad.

Comenzamos el sendero con subidas suaves, así nos fuimos aclimatando poco a poco. A medida que avanzábamos, el paisaje se iba abriendo con sus vistas impresionantes del Veleta, El Mulhacén y La Alcazaba que prácticamente no nos abandonarían a lo largo de la jornada. 

Tras aproximadamente cinco horas de tranquila caminata, llegamos a «Los lavaderos de la reina», un lugar donde las aguas cristalinas del deshielo formaban bonitas cascadas y. el sonido del agua invitaba a relajarse. Aquí fue donde hicimos una larga parada para disfrutar de este espectáculo de la naturaleza y reponer energías. Tras este descanso, continuamos la ruta. El sendero, ya en descenso, nos brindó la oportunidad de disfrutar como niños con algún tobogán formado por la nieve y de sus preciosas cascadas, hasta llegar a un precioso prado que ya nos llevaría de regreso al punto de inicio de la ruta y desde allí a Güejar Sierra, donde decidimos tomarnos unas cervecitas y un picoteo, pasando un buen rato. Finalmente nos fuimos a descansar, ya que la segunda ruta nos esperaba al día siguiente. 

El domingo 25, a la misma hora y lugar que el día anterior, pusimos rumbo al inicio de «La vereda de la estrella». 

Comenzamos el recorrido con un día espléndido. A medida que avanzábamos, el sendero se iba elevando ofreciendo vistas impresionantes de las cumbres nevadas y sus profundos barrancos. La luz del sol se filtraba entre las hojas creando un juego de sombras que acompañaba cada paso. Fué pesando una exigente y larga subida, pero sin duda el esfuerzo quedó recompensado cuando hicimos un alto en el camino y pudimos contemplar una imagen de postal al frente: La Alcazaba y El Mulhacén con sus pinceladas de nieve. 

Seguimos avanzando hasta llegar al Mirador de Los Hornillos y desde allí hasta un refugio donde recuperamos fuerzas. Continuamos por veredas estrechas, ¡con algunas escorrentías y! oh, ¡sorpresa!, un grupo de vacas se «inter- 
ponían» en nuestro camino y cediéndonos amablemente el paso pudimos continuar hasta el final de nuestra ruta, no sin antes aprovechar para refrescarnos en las aguas cristalinas del río. Así llegamos a los coches. Para relajarnos y descansar, cervecita en el bar del aparcamiento. 

Así, pusimos fin a este intenso fin de semana para poner rumbo a casa. 

Quiero mencionar la buena armonía entre todos los compañeros y agradecer a Ana su dedicación y buen gusto en la elección de las rutas que hicieron que el fin de semana fuera realmente especial.